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1. Un peán

¿Cómo serán leídas las exequias?

¿Cómo cantado el solemne himno?

¿El réquiem por la muerta más bella

que tan joven haya muerto?

 

Sus amigos la contemplan,

contemplan su fulgente féretro,

¡y lloran!, ¡oh, su belleza

se deshonra con una lágrima!

 

La amaban por su riqueza,

y la odiaban por su soberbia;

roas se debilitó su salud,

y la aman, pues murió.

 

Me dicen (mientras hablan

de su «costosa mortaja recamada»)

que mi voz se torna tan débil

que sería mejor no cantar,

 

o que mi tono debería

ajustarse a tan solemne himno,

tan tristemente, tan tristemente,

que la muerta no sintiese discordancia.

 

Pero ella se ha marchado, arriba,

con la joven esperanza a su lado,

y yo estoy ebrio con el amor

de la muerta, mi prometida.

 

De la muerta –muerta– que yace

toda inmóvil,

con la muerte sobre sus ojos

y la vida sobre cada cabello.

 

En junio murió, en el junio

de su vida, amada y bella;

mas no moriste demasiado pronto

ni con un aire demasiado calmo.

 

Con más que espíritus terrestres,

Helen, tu alma se anega,

para unirse al gozo reverenciado

más que los solios del cielo.

 

De modo que, para ti, esta noche,

no entonaré un réquiem,

sino que te acunaré en tu vuelo

con un peán de tiempos pasados.

 

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